TRIUMPH OF DEATH

El sábado 18 de abril de 2026, Granollers amaneció bajo un manto de desolación que parecían presagiar el colapso sónico que nos iba a caer. Si el viernes fue una herida abierta, el sábado fue la infección que se extendió por toda la sala.

El aire en el recinto ya no solo olía a metal; estaba impregnado de la fatiga de los devotos y el residuo de una noche de excesos. A las 15:30, las puertas volvieron a ceder.

No hubo sol que iluminara el patio, solo una luz grisácea que bañaba a los que regresaban a la fosa. Un servidor fue uno de los exterminados en la primera jornada y solo pude volver a presentarme en la sala para ver la actuación Necroracle a las (18:00).

La oscuridad local tomó el relevo a las 18:00 con Necroracle. Jugando en casa, pero bajo la bandera de la muerte absoluta, los catalanes no tuvieron piedad de sus vecinos y ofrecieron un set de Death/Doom que se sintió como una falla tectónica. Su propuesta fue un ejercicio de opresión atmosférica. La lentitud agónica de sus pasajes más densos arrastró al público hacia un pozo de desesperación, donde cada nota pesaba como una losa de granito.

Sin embargo, esa calma fúnebre era solo un espejismo: de forma magistral, Necroracle interrumpía el letargo con estallidos de rabia y ráfagas de violencia que golpeaban como una fiera herida.

Con Necroracle, quedó claro que no hace falta venir de tierras lejanas para invocar al abismo.

A las 19:00, el aire ya enrarecido de la sala fue desgarrado por la irrupción de los británicos Adorior. No fue una entrada, fue una invasión. Con una furia de culto al metal más extremo y subterráneo pueden otorgar, desplegaron un Black/Thrash que funcionó como una ráfaga de metralla incesante.

Liderados por una presencia escénica incendiaria que literalmente escupía odio a las primeras filas, Adorior recordó a todos que la verdadera agresión no entiende de modas. Su sonido, sucio y punzante, no dio tregua, convirtiendo el recinto en un hervidero de chalecos de parches y puños en alto.

Apenas se disipó el humo del asalto británico, los holandeses Wrang (20:00) en sustitución de los caídos del cartel Helleruin, tomaron el relevo para mantener la llama encendida, aunque bajo un matiz distinto. Su propuesta fue una oda a la vieja escuela europea: un Black Metal melódico pero profundamente sucio, que lograba el difícil equilibrio entre la rabia y el sentimiento.

Las guitarras de Wrang resonaron con una melancolía agresiva, tejiendo atmósferas que evocaban paisajes invernales y decadencia, pero siempre impulsadas por una base rítmica que no perdía el pulso del ataque.

Fue un set que conectó con la esencia más pura del género en los 90, inyectando una dosis de oscuridad emocional antes de que el festival se sumergiera en los platos fuertes de la noche.

El clímax y el misticismo negro llegó a las 21:00 con la aparición de los legendarios Demoncy. No fue una actuación convencional, sino una manifestación de puro mal. Ixithra, una figura central del género envuelta perpetuamente en sombras, actuó como un sumo sacerdote que invocó un sonido que parecía extraído directamente de los rincones más profundos y olvidados del averno.

El set fue profundamente hipnótico y ritualista, logrando ese extraño fenómeno donde el tiempo pareció detenerse, suspendiendo a la audiencia en un vacío eterno. La densidad de las guitarras, con ese tono grave y pantanoso tan característico de la banda, creó un muro infranqueable de oscuridad pura.

Fue una lección de cómo el Black Metal puede ser minimalista en su ejecución pero monolítico en su impacto. Para cuando Ixithra y los suyos terminaron su invocación, la sala había dejado de ser un recinto de conciertos para convertirse en un templo de la nada, dejando a todos los presentes en un estado de trance difícil de romper.

La expectación era máxima, una tensión palpable que cortaba el aire cuando los cabezas de cartel absolutos del festival Triumph of Death (22:20) tomaron finalmente el escenario. No era solo un concierto; era una peregrinación al origen de todo. Tom G. Warrior, el arquitecto supremo de la oscuridad, hizo acto de presencia para rendir un tributo definitivo al legado de Hellhammer.

Cada acorde de clásicos como Triumph of Death o Messiah se sintió como una lección de historia escrita con sangre. El sonido fue exactamente lo que el culto demandaba: gordo, primitivo y imperial. Fue un martillo de Doom/Black que, con su cadencia de pesadilla, aplastó cualquier atisbo de esperanza en el recinto, devolviéndonos a una era donde el metal extremo era algo peligroso, sucio y real.

La figura de Warrior, con su carisma imperturbable, guiaba esta misa negra definitiva de la jornada. Bajo su mando, la distorsión se volvió telúrica, una vibración que parecía emerger de las tripas de la tierra. No hubo espacio para la técnica estéril, solo para la brutalidad honesta de una banda que entiende que el verdadero horror reside en la simplicidad del 'riff' eterno.

Para cuando las últimas notas de agonía dejaron de sonar, los asistentes sabían que habían presenciado algo histórico, la reivindicación de un sonido que, décadas después, sigue siendo la medida de todas las cosas en el extremo.

Casi sin tregua y tras el martillazo de Tom G. Warrior, los suecos Naglfar (23:45) irrumpieron para desatar una auténtica tormenta de hielo sobre Granollers. Los de Umeå no solo trajeron su música, sino que parecieron transportar el invierno ártico al interior de la sala.

Con una producción visual impecable, donde las luces y las sombras jugaban a favor de una atmósfera aterradora y un sonido gélido que cortaba la respiración, la banda ofreció una exhibición de poderío y elegancia maligna. Fue un despliegue donde la agresividad más cruda y la melodía más fúnebre se entrelazaron como espinas de hierro, creando un tejido sonoro tan bello como letal.

Las guitarras de Naglfar, con ese tono afilado y melódico típico de la escuela de su país, volaron sobre una base rítmica que no dio ni un segundo de tregua, manteniendo un equilibrio perfecto entre la sofisticación y la rabia desbocada. Su vocalista, con una presencia magnética y una voz que parecía rasgar el mismísimo aire, guio al público a través de un set cargado de himnos de Black Metal majestuoso.

Para cuando terminaron, la sensación de asedio era total, Naglfar no solo había tocado, había conquistado la noche con una pulcritud técnica y una fuerza emocional que dejó a la audiencia tiritando bajo el peso de su oscuridad escandinava.

No pudiendo ver la actuación Pestkraft ni de Caveman Cult por volver a estar casi demolido de muerte, llego el fin para un servidor del segundo y ultimo día del Winds of Agony 2026.

Finalmente, tras el último estertor de distorsión, el silencio volvió a Granollers. El viento de la agonía había pasado por el recinto, barriendo cualquier rastro de normalidad y dejando tras de sí solo cenizas, el olor persistente del incienso quemado.

Los asistentes abandonaron el lugar como supervivientes de un asedio, con los oídos aún zumbando por el peso de la artillería sónica y el alma marcada por la oscuridad que las bandas invocaron, Granollers fue la capital del abismo.

Las luces se apagaron, pero la sombra de lo vivido permanecerá proyectada sobre las naves industriales como un recordatorio eterno de que el culto nunca duerme.

 

Crónica: Javi Metal y Fotografías: Alvar Luis Gabaldà