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¡Barcelona ardió! La sala Upload se convirtió en una auténtica olla a presión hace poco mas de una semana, confirmando lo que ya sabíamos: el romance entre el público español y los hermanos McDonald no es una moda pasajera, es pura devoción.

Poco más de un año después de su última visita, la expectación era tan salvaje que el cartel de «entradas agotadas» era algo que iba ha ser muy evidente que se iba a producir.

El ambiente eléctrico se palpaba en el aire, pero antes del plato fuerte, el escenario se tiñó de de rock alegre venido del norte.

Aparecieron los pamplonicas Geminiss, el nuevo y afilado proyecto de Olaia Bloom (ex Las Culebras y The Mani-las).

Solo tuvieron treinta minutos, pero ¡qué manera de devorar el escenario! En una descarga frenética, fundieron la inmediatez del punk, el gancho del pop y el peso del hard rock, todo con una alegría desbordante.

Descaradas, hábiles y magnéticas, cerraron su asalto con una brutal y canalla versión en castellano del «Haircut And Attitude» de los Dictators que dejó la sala bien preparados para el plato principal de la noche.

Y entonces, el delirio. Redd Kross saltó a la palestra con la sala ya en ebullición.

Desde el primer acorde, el sonido nos pasó por encima: potente, nítido, perfecto. A Jeff y Steven McDonald les bastó una mirada y un par de sonrisas para meterse a toda la audiencia en el bolsillo. Son maestros del carisma y artesanos de la canción pluscuamperfecta.

Lejos de acomodarse, agitaron el repertorio con valentía. Nos regalaron latigazos de su sobresaliente y reciente disco homónimo como «Stunt Queen», «Candy Colored Catastrophe» o «I’ll Take Your Word For It», pero el verdadero éxtasis llegó cuando rescataron joyas ocultas de la talla de «Lady In The Front Row», «Jimmy’s Fantasy» o una demoledora «It’s Getting Uglier».

El huracán escénico de los McDonald estuvo propulsado por una base rítmica de otro planeta. Detrás de los tambores, esa bestia parda llamada Dale Crover (Melvins) golpeaba con la fuerza de una bestia, mientras Jason Shapiro ejecutaba cada nota con una precisión técnica impecable.

Daba igual que la estética de Shapiro recordara más a un tertuliano de Intereconomía que a un héroe del power pop; sus dedos hablaban el lenguaje del rock and roll más puro.

La recta final fue una comunión absoluta. La sala entera rugió a pleno pulmón con «Mess Around» justo antes de sumergirse en el trance psicodélico de «Emmanuelle Insane».

En pleno subidón, Steven McDonald se lanzó entre la audiencia, mimetizándose con el sudor del público y rockeando desde el mismísimo suelo. Una locura colectiva.

Los bises no se hicieron esperar, y llegaron como dos puñaladas de nostalgia y actitud. Primero, una esperadísima «Pretty Please Me» donde el espíritu de John Lennon parecía poseer cada poro de Jeff McDonald. Para cerrar la noche, la obligatoria, emotiva y atronadora revisión del «Deuce» de KISS.

Fueron ochenta minutos de puro viaje al paraíso melódico, un oasis donde los hermanos McDonald dieron rienda suelta a su inagotable fantasía pop.

Ojalá no cambien jamás. A estas alturas de la película es casi imposible que lo hagan, y doy gracias al cielo o el infierno por ello.

 

Crónica y Fotografías: Javi Metal