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En la segunda jornada del festival, calor de la tarde seguia cayendo con plomo sobre Montjuïc, pero la carpa del festival se convirtió en un refugio de intensidad eléctrica gracias a SerapiS Project.

El quinteto catalán asumió la misión más ingrata del cartel, abrir la jornada ante un recinto inicialmente semivacío y la transformó en un triunfo de pura actitud.

El secreto de su asalto exprés tuvo un nombre propio: Kris Vega. Con una presencia magnética y un registro vocal que rozó la perfección, Vega gobernó las tablas desde el primer acorde.

A su lado, la pirotecnia controlada de las guitarras de Joaco Luis y el empuje rítmico de Lucas Luis, Sergi Martínez y Carly Pajarón comprimieron un universo de virtuosismo en apenas treinta minutos.

Canciones como "Ascension" y "The Fury of the Storm" funcionaron como un imán dinámico, para cuando el grupo se despidió con "Palingenesis", el sudor de la audiencia ya se mezclaba con el asombro. La carpa estaba abarrotada. El festival había despertado.

El ambiente cambió radicalmente con la llegada de los daneses Iotunn, rodeados por la expectación ciega de quienes sabían que su aclamado álbum Kinship merecía una puesta en escena a la altura.

Frente a un telón sobradamente epico, la banda trajo el frío del norte a Barcelona. Su vocalista, apareció envuelto en una capa que ocultaba su rostro, como el sacerdote de una liturgia pagana.

Flanqueado por las guitarras de los hermanos Gräs, el grupo desafió las estructuras convencionales al arrancar con "Kinship Elegiac" temazo largo y de viaje a través de transiciones complejas, guturales cavernosos y coros de una épica sobrecogedora.

Su propuesta no busca el aplauso fácil, sino la inmersión. Con la contundencia death de "Twilight" y el bombardeo rítmico de "Earth to Sky", Iotunn firmó uno de los pasajes más solemnes y memorables de todo el festival.

Si las dos primeras bandas respondieron a lo esperado, los noruegos Rendezvous Point protagonizaron el giro de guion de la jornada.

Vestidos rigurosamente de negro bajo un sol implacable, su inicio pomposo sembró algunas dudas: los primeros compases evocaban demasiado la estela de bandas mas camerciales, amenazando con caer en el terreno de lo predecible.

Lo que siguió fue una demostración de teatro de vanguardia y metal técnico. En "Digital Waste", el cantante Geirmund Hansen satirizó la obsesión por lo tecnologico cantando pegado a la pantalla de su teléfono. El grupo que contaba con el hermano del guitarrista Petter Hallaker al bajo en sustitución de su bajista, fue inyectando giros muy cercanos a sus compatriotas Leprous.

En el tramo final, con "Oslo Syndrome" y "Still Waters" fue una absoluta genialidad, para rematar su actuacion.

Que ganas teniamos todos de ver a los muy dificiles de ver, Green Carnation en un gran escenario en nuestra ciudad.

La banda que regresó a Barcelona ya no es la misma del año 2001, con un por un muro de tres guitarras y decidieron, de manera radical, borrar su historia antigua para centrarse exclusivamente en su última trilogía.

Los siete músicos demostraron que para ellos la música es un fin, no un medio. El inicio con "As Silence Took You" desató una marea de doom elegante a lo Candlemass y melodías limpias comandadas por la voz infalible y la imponente figura de Kjetil Nordhus.

A pesar de un fallo técnico en el micrófono del vocalista, el colchón sónico de las guitarras y las teclas de Endre Kirkesola sostuvieron la excelencia de un concierto nostálgico, bello y sumamente epico.

El estallido del icónico rugido del león de la Metro Goldwyn-Mayer rompió el murmullo de la expectación, para ver de nuevo a los suecos SOEN.

Lo que siguió no fue un concierto, sino un ritual de claroscuros bajo un cielo de focos azules. Joel Ekelöf, parapetado tras unas gafas de sol que blindaban su misterio, comenzó a desgranar «Mercenary» con una voz de seda que cortaba el aire con precisión quirúrgica. A su lado, la arquitectura rítmica de López levantó los cimientos de «Antagonist», desatando el primer gran estallido de un público que ya jugaba a ser el coro de la banda.

El viaje tuvo momentos muy emotivos. Con «Fraccions», el grupo invocó la complejidad matemática de sus inicios, inyectando una dosis de agresividad técnica que electrizó el ambiente.

Pero el verdadero clímax teatral llegó cuando el escenario se tiñó de conflicto: bajo el estruendo de disparos sampleados y enfundado en estética militar, Ekelöf lideró una sobrecogedora interpretación de «Memorial».

Para entonces, la pista del festival ya era un hervidero humano, probablemente el más denso de todo el evento.

Cuando los compases de «Dyscordia» envolvieron el lugar, flotó en el aire la queja silenciosa de quienes echan de menos la velocidad, acusándolos de entregarse demasiado a la melancolía de las baladas. Sin embargo, el escepticismo se disolvió en un movimiento hipnótico: cientos de brazos balanceándose al unísono, cediendo al magnetismo de esos medios tiempos. Incluso cuando el ritmo amenazó descafeinarse, detalles acústicos como Cory Ford cambiando las cuerdas por maracas en «Martyrs» mantuvieron el pulso del directo.

El tramo final fue una lección de equilibrio. La psicodelia de «Lotus» y la elegancia de «Primal» nos devolvieron a la cumbre emocional, justo antes de que la banda decidiera dinamitar la calma. Con «Violence», Soen recuperó su faceta más salvaje y visceral, un zarpazo de metal puro que sirvió como antesala perfecta para los bises.

El cierre fue un triunfo incontestable. «Illusion» preparó el terreno para que «Unbreakable» cayera como un himno definitivo, dejando la certeza de que estábamos ante una obra cumbre.

Hemos visto a Soen en salas pequeñas, de teloneros y en festivales de paso. Pero verlos reclamar el trono como cabezas de cartel absolutos fue, sencillamente, el acto de justicia musical que la noche y la escena necesitaba.

 

Crónica y Fotografías: Javi Metal