El suelo de la carpa del Poble Espanyol retiene el calor de un sol implacable, pero la masa humana no busca sombra, busca refugio en el sonido.
En su tercera vida tras el largo silencio global, el Be Prog! no ha necesitado reinventarse. Su milagro es la familiaridad: la comodidad de un espacio casi lleno, el sonido impecable que rebota en las paredes de piedra y ese código de hermandad invisible que las bandas extranjeras elogian apenas pisan el escenario.
Hoy, la música no se escucha, se padece y se disfruta en una escala ascendente de genialidad.
Tras no poder llegar a ver a After Lapse, los primeros en romper la quietud térmica para un servidor son Agent Fresco.
Vestidos con un negro riguroso que desafía al verano barcelonés, los islandeses despliegan una fuerza volcánica. Bajo luces que mutan del azul ártico a la penumbra, un sudoroso Arnór Dan Arnarson se convierte en un torbellino sobre las tablas.
Los músicos rotan, se intercambian los roles y el piano se convierte en el epicentro de la escena, tocado a veces de espaldas, a veces a cuatro manos.
Entre falsetes que evocan la sofisticación de bandas mas indie, gritos rasgados que erizan la piel y un cierre monumental con "The Autumn Red", los Islandeses ha conseguido lo imposible: enfriar el ambiente y prender fuego a las almas.
Cuando el sol cede, la escena se tiñe de un blanco y negro.
Einar Solberg comparece despojado de su banda nodriza, asumiendo el riesgo de defender en solitario las complejas arquitecturas de su último álbum. Ocho músicos de etiqueta le custodian, incluyendo una sección de cuerda y una batería de pulso endiablado.
El viaje de Solberg es un ejercicio de contrastes. Su voz, un faro impecable en la escena actual, viaja desde la pulcritud celestial hasta el desgarro gutural.
Sin duda puedo asegurar que el clímax visual y musical no decrece en ningun momento de la actuacion, la densidad de piezas como "Vox Occulta" o los ecos psicodélicos demuestran que lo suyo no es un capricho, sino un universo con peso propio.
En las primeras filas, el público cruza los dedos esperando el regreso de su otra mitad artística el próximo año.
A mitad de jornada se produce la gran criba. Mientras parte de la audiencia se retira a los márgenes en busca de descanso, los estadounidenses The Dear Hunter transforman el festival en un laboratorio de sorpresas.
Superando las trabas técnicas iniciales, el quinteto capitaneado por Casey Crescenzo inyecta una dosis de color inclasificable en un terreno habitualmente gris.
Lo suyo es un salto sin red a través de las épocas: funk de los setenta, coros polifónicos de una precisión quirúrgica, pasajes que evocan la British Invasion y, de pronto, una atmósfera de western polvoriento bajo focos azules.
La propuesta, bizarra y teatral como un cabaret de vanguardia, descoloca a los puristas pero enamora a los curiosos, como fue mi caso. Es el triunfo del riesgo, la confirmación de que el festival sigue siendo un lugar para descubrir y dejarse arrastrar por nuevas sonoridades.
La noche ya es absoluta cuando los alemanes The Ocean toman el control para desatar una tormenta perfecta.
Con una formación renovada en un ochenta por ciento, el grupo no viene a presentar un disco; viene a certificar una catarsis cinematográfica. Bajo un manto de luces rojas y fogonazos blancos, los polirritmos muelen los huesos de la platea.
El concierto encuentra su cumbre en la figura de Lane Shi. Sus gritos desgarradores, cargados de un dolor ancestral, imponen una presencia escénica magnética que se adueña del festival. A su lado, Enrico Tiberi ejerce de maestro de ceremonias, lanzándose sin miedo a un océano de brazos que lo sostiene en perfecta comunión.
Mientras los focos alternan entre el verde radiactivo con tonalidades rojas algo hipnótico, la banda defiende tanto su nuevo legado como sus himnos antiguos con una pulcritud sonora que roza la perfección.
Al final, cuando las luces del Poble Espanyol se encienden, queda la certeza de haber presenciado algo bárbaro y salvaje.
Una jornada donde la música progresiva volvió a demostrar que su mejor virtud es la de no tener límites.
Crónica y Fotografías: Javi Metal
Javi Metal
Un poco de mala hostia.
Una porción grande de locura.
Unas rayitas de alegría e ilusión.
Y como siempre bastante cabezón.
