URGEHAL.1.1

La atmósfera en Granollers aquel viernes 17 de abril de 2026 no era la de un festival convencional; era la de un asedio inminente.

El aire, inusualmente gélido para la primavera catalana, se estancaba sobre el recinto donde se realizaba semejante sacrificio en honor al mismísimo satanás, el grandísimo Winds of Agony Festival, mientras una procesión de figuras vestidas de negro aguardaba en un silencio sepulcral, para poder vivir y disfrutar de este sangriento aquelarre en su segunda edición.

Y que magnifico cartel nos esperaba en esta su primera jornada de dos días.

Puntuales a las (16:00) horas, salieron a escena Opositor, una lastima que un servidor no pudo llegar a tiempo para poder disfrutar de su actuación, según me pudieron explicar su actuación se encargó de sellar cualquier salida con un Death/Thrash primitivo y un sonido, seco y directo al esternón, actuó como un martillazo, de seguro pudieron despertar a los primeros asistentes de su letargo siestil.

A las 16:50, el escenario dejó de ser una plataforma para convertirse en un campo de batalla con la entrada de Saetaier. No hubo preámbulos ni cortesías; los primeros acordes cayeron como una guillotina, marcando el inicio de una exhibición de técnica quirúrgica que dejó a los presentes descolocados.

Si el ambiente ya estaba caldeado, Saetaier se encargó de arrojar gasolina al fuego. Las guitarras, afiladas como bisturís, diseccionaron el aire con riffs que rozaban lo imposible. Cada tema era una lección de agresividad controlada, logrando que la audiencia no solo escuchara, sino que sintiera el impacto físico y la fiereza de su propuesta.

Sin embargo, la verdadera oscuridad comenzó a filtrarse con los irlandeses Coscradh a las 17:40. Si Saetaier había sido velocidad y precisión, Coscradh fue puro asfixio y pesadez.

Al subir al escenario, la atmósfera cambió drásticamente, ya no se trataba de adrenalina sino de una opresión física que parecía hundir las tablas bajo el peso de su Black/Death más cavernoso. La voz, un lamento gutural que parecía emerger directamente de una fosa común, no buscaba la melodía, sino la aniquilación sensorial.

Envolvieron a la audiencia en una neblina espesa de ruido blanco y distorsión punzante, creando una pared sónica infranqueable, la densidad del sonido era tal que el oxígeno parecía escasear entre el público, hipnotizado por la brutalidad primitiva de los dublineses.

A estas alturas ya del festival el recinto ya se sentía como un lugar claustrofóbico, donde la luz del día ya no era más que un recuerdo lejano bajo el manto de la brutalidad sonora.

Con el sol ocultándose tras las siluetas de las naves industriales, tiñendo el cielo de un rojo que vaticinaba la carnicería, Bloody Vengeance (18:40) tomó el control para desatar una auténtica tormenta de odio.

No hubo espacio para la vanguardia en su actuación, lo suyo fue una oda a la atrocidad, una propuesta anclada con orgullo en el sonido más radical de los años 80. Fue una explosión de violencia primitiva en su estado más puro. Lejos de la pulcritud, su directo sonó sucio, crudo y cargado de una urgencia maligna que recordaba a los primeros días de formaciones como Sarcófago o Vulcano.

Los riffs, veloces y serrantes, golpearon al público como ráfagas de metralla. Los músicos, poseídos por un fanatismo casi religioso hacia el metal extremo de culto, convirtieron el escenario en un altar de blasfemia y ruido.

Su actuación no fue solo un concierto, sino un asedio sonoro que terminó por demoler las últimas defensas de la audiencia, dejando el terreno perfectamente arrasado y listo para los asaltos faltaban por venir.

A las 19:40, la atmósfera de culto dejó paso a la misantropía del exterminio con la entrada de Thorybos. Los alemanes, envueltos en una estética de guerra total que incluía máscaras y una presencia escénica imponente, no vinieron a dar un concierto, sino a ejecutar una operación militar.

Desde el primer segundo, transformaron el recinto en un campo de batalla sónico donde la sutileza no tenía cabida. Su sonido fue una demostración de poderío bélico. Cada golpe de batería no era simplemente un golpe, sino que resonaba con el impacto seco y ensordecedor de la artillería pesada cayendo sobre la audiencia.

Las guitarras, saturadas y monolíticas, crearon un muro de sonido que avanzaba como una división de tanques blindados, aplastando cualquier rastro de resistencia bajo una presión sonora insoportable. La precisión alemana se mezcló con la furia del War Metal, logrando un caos perfectamente organizado.

Para cuando el humo de su batalla comenzó a disiparse, el público estaba completamente destruido.

La culminación del asedio llegó a las 20:45, cuando Ares Kingdom tomó posiciones sobre el escenario , para entregarnos una de las sorpresas del día, dando un concierto verdaderamente soberbio, con un invitado de lujo (el cantante de ANGELCORPSE Pete Helmkamp).

El ambiente, ya saturado por el incienso y el sudor de las horas previas, se volvió eléctrico ante la presencia de los de Missouri. Fue entonces cuando Chuck Keller se erigió como el arquitecto del caos, impartiendo una auténtica lección magistral, demostró que el metal extremo puede ser, simultáneamente, majestuoso y letalmente Thrashico. Sus riffs no eran simples secuencias de notas, sino estructuras arquitectónicas afiladas como cuchillas, que cortaron el aire con una precisión quirúrgica.

La técnica de Keller, única en su especie, elevó el festival a un nivel superior, donde la brutalidad no estaba reñida con una sofisticación bárbara. Cada pasaje instrumental de Ares Kingdom se sentía como una descarga eléctrica punzante. Su actuación fue épica, imparable y envuelta en una mística de acero. La banda logró tejer una atmósfera de triunfalismo bélico que hipnotizó a los presentes, fundiendo la agresividad del Death/Thrash con una elegancia oscura que solo los veteranos de su calibre pueden dominar.

Cuando la noche finalmente cerró sus garras sobre Granollers, el aire se volvió pesado y el ambiente cambió por completo. A las 22:00, Grave Miasma tomó el control, y lo que siguió no fue un concierto al uso, sino un ritual litúrgico de proporciones abismales. Los británicos sumergieron al público en un trance hipnótico del que no había escapatoria.

El sonido que emanaba de los amplificadores era denso y aceitoso, una masa amorfa de Death Metal que parecía arrastrarse por el suelo de la sala. No había aristas brillantes ni velocidad gratuita, la sección rítmica marcaba un pulso que latía desde las profundidades, mientras las guitarras tejían melodías lúgubres que evocaban ruinas y desolación sonora.

Grave Miasma no buscaba el aplauso fácil, sino la inmersión total en la brutalidad técnica. Fue una experiencia sensorial completa donde el tiempo pareció dilatarse.

Pero la devastación absoluta, esa que no deja prisioneros, llegó a las 23:05 con el desembarco de Urgehal, que sin lugar a dudas fueron los grandes triunfadores de la primera noche del festival. Los noruegos aparecieron para reclamar el trono de la infamia. En honor al espíritu inquebrantable de Trondr Nefas, desataron el 'Norsk Black Metal' en su estado más puro, rancio y blasfemo, recordándonos por qué Noruega sigue siendo el epicentro del incendio espiritual.

Cada acorde de himnos como Satanic Black Metal in Hell cayó sobre la sala como una puñalada directa a la cabeza. No hubo matices, solo una rabia ciega y una ejecución que rozó lo maníaco. La energía en el foso se tornó eléctrica y peligrosa, el público, ya exhausto, encontró una reserva final de odio para entregarse a una celebración del nihilismo absoluto.

Los riffs, impregnados de ese aroma a Old School que solo ellos saben destilar, golpearon con la fuerza de un martillo contra un yunque. Para cuando el último estruendo se apagó, el aire no solo estaba cargado de sudor, sino que el escenario parecía oler físicamente a azufre, dejando tras de sí un rastro de ceniza y la certeza de que habíamos sido testigos de un acto de guerra de auténtico Black Metal.

Sin tiempo para recuperarse del asalto noruego, a las 00:30 los suecos Craft hicieron acto de presencia para administrar el golpe de gracia. Su propuesta, un Black Metal esquelético y depurado, llegó desprovisto de cualquier adorno innecesario o artificio escénico. No hubo fuego ni parafernalia, solo la crudeza de un sonido que, en su aparente simplicidad, caló hasta los huesos de un público que ya empezaba a notar el agotamiento de la jornada.

Cada una de sus proclamas parecía un escupitajo a la cara de la humanidad, proyectando una misantropía tan real que resultaba incómoda y fría. La banda se mantuvo impasible, casi estática, reforzando esa imagen de frialdad cortante que define su estilo.

No buscaron la complicidad del espectador; de hecho, no hubo interacción alguna con el público. Fue una demostración de que el metal extremo no siempre necesita velocidad para ser letal. A veces, la indiferencia y el nihilismo más gélido son armas mucho más efectivas para aniquilar el espíritu del ser humano.

No pudiendo ver la actuación Tabula Rasa y estando completamente exhausto, llego el fin para un servidor del primer día del Winds of Agony 2026.

El público se dispersó como sombras entre las sombras, sabiendo que esto era solo el comienzo de la agonía, teniendo ya encima la segunda jornada del festival.

 

Crónica: Javi Metal y Fotografías: Alvar Luis Gabaldà